El puchero sagrado

 

Francisco Pomares

 

Ferrán Adrià, durante años cocinero del mejor restaurante del mundo -el Bulli-, aceptó participar en una iniciativa para ofrecer su propia versión del puchero canario a casi dos mil estudiantes de cocina de las Islas, reunidos en torno a su magisterio culinario gracias a Movistar, empresa que organizó y financió completamente el encuentro y el sistema de videconferencia que permitió a aprendices de cocinero de toda Canarias compartir un tiempo de magia con el chef catalán. Desde el IES de Candelaria, Adrià, un innovador de la cocina reconocido en todo el planeta, ofreció un 'puchero de cuaresma', plato en el que cambió la carne por pescado y pulpo y sustituyó los garbanzos por gofio o puré de papas.

 

Adriá, un hombre culto y con tablas, que vivió en Tenerife a finales de los ochenta, volvió a la cocina por primera vez después de siete años -algo que se ha considerado un acontecimiento en el mundo de la gastronomía- sólo para preparar su puchero, pero dejó perfectamente claro que su reinterpretación del clásico no tiene nada de canónica, e insistió ante sus alumnos -a los que había pedido que investigaran en las recetas familiares-, en el valor de una tradición culinaria de las Islas que tiene a su vez su origen en una readaptación a los ingredientes locales del cocido peninsular.

 

 

 

Hasta aquí la historia, un acto más de los centenares de actos realizados en todas las Islas con motivo del Día de Canarias. Y después, su reflejo en las redes, convertidas nuevamente en caja de resonancia de la intolerancia creciente y sus hermanas la ignorancia y la mentira. La decisión de Adrià de volver a los fogones después de siete años, en homenaje al Archipiélago, se convierte en una operación financiada con 40.000 euros por el Gobierno regional (que no ha puesto un sólo euro), confundiendo el presupuesto para la celebración del Día de Canarias en todo el Archipiélago con el coste del puchero de Adrià, pagado por Telefónica?

 

Esta monumental indignación por el falso despilfarro público, este rasgarse las vestiduras por un gasto que no se ha producido, es lo de menos. Lo que realmente me parece grave del discurso mayoritario en las redes es la sacralización del puchero como un símbolo irreductible de la canariedad, maltratado con desprecio por un cocinero que se atreve a proponer su propia fórmula. No entiendo una higa de cocina, ni me interesa demasiado. No soy capaz de preparar más allá de algunas ensaladas, tortillas o pastas, el abc del incapaz.

 

 

 

Pero esta ira de las redes por el hurto del puchero sagrado me parece una demostración más de esa estulticia faltona y agresiva con la que las propias redes construyen el debate público. Me asombra que con estos sesudos argumentos en 140 caracteres (hasta el doble ahora, qué exceso), seamos capaces de convertir la identidad en una cuestión de garbanzos. O ya puestos, de sabores, de recuerdos comunes muchas veces impostados, de colores y banderas. Ser humanos es nuestra identidad común, la mejor definición de lo que somos. Y hoy también, el día que junto estas letras hablando precisamente de lo que somos y lo que no, sólo porque hace 36 años sesenta diputados decidieron celebrarse a sí mismos e inventaron una fecha para hacerlo. Y es que inventar -inventar fechas, técnicas, códigos, máquinas, tradiciones (o recetas)- es precisamente lo que mejor define nuestra identidad como humanos.

 

Probablemente no pruebe jamás el puchero de Adrià. Pero creo que ya es tan nuestro como los 1800 pucheros preparados por esos jóvenes cocineros que tuvieron la oportunidad de compartir unas horas con un maestro. Ese puchero es tan nuestro como el de sus madres, sus abuelas y las abuelas de sus abuelas. Vivieran donde vivieran, usaran los ingredientes que usaran.

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