La paja en el ojo ajeno

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Antonio Zalazar

 

Da igual el municipio porque es algo que está ocurriendo en toda España, tan absurdamente llena de entidades locales con apenas población a la que darle cobertura. Da igual el partido político, porque salvo los radicales y las veleidades de algunos por satisfacer a aquellos, resultan intercambiables los unos por los otros, máxime si se trata de utilizar la demagogia. Y da igual el banco, porque ellos son -y a ellos les corresponde- los que han ido tomando la decisión de cerrar oficinas en aquellos lugares en los que no puede justificarse su existencia. Sucede que algunos de esos recónditos lugares tienen ayuntamientos u oficinas públicas en forma de tenencias de alcaldías territorializadas pero no existen bancos, lo que ha provocado la exigencia por parte de diversos ediles de que se mantengan abiertas o en su defecto, se proceda a su reapertura. La justificación es que en esas zonas alejadas viven personas mayores que no tienen una relación muy intensa con las nuevas tecnologías y por tanto, debe atenderse su, algo así, “derecho a contar con servicios bancarios atendidos por personas”. El problema, como siempre, es la poca relación existente entre los acuerdos realizados por políticos y las consecuencias de sus decisiones, lo que ocurre al no poder responsabilizárseles de las tonterías que salen de su magín. A nadie se le escapa que una oficina bancaria en determinados entornos, como sucede con otro tipo de negocios, tendría una enorme capacidad ociosa y resultaría deficitaria pero esas pérdidas no las asumirían los preclaros ediles. Por otro lado, jamás han sido muy respetuosos con las capacidades de aquellos que dicen defender pero lo cierto es que la capacidad de adaptación del ser humano es formidable, incluso a la tecnología.

 

Pero si esto no fuese argumento suficiente, bien haríamos en entender lo que nos trae el futuro y su imparable innovación, que no pasa por más oficinas bancarias, más bien lo contrario, porque buena parte de las gestiones que aun hoy se efectúan in situ desaparecerán o podrán hacerse de forma sencilla a través de las distintas plataformas. En países del Norte de Europa, por razones que no secundamos, se ha ido prescindiendo del dinero en efectivo y las transacciones más habituales son posibles mediante medios tecnológicos. Tanto que en Suecia las propinas en los restaurantes se pagan con tarjeta como un cargo adicional al importe de la cena, algo que también pasa incluso con el “cepillo” de sus iglesias.

 

Las iniciativas que se presentan para obligar -el titular de una nota de prensa se refería en esos términos- a los bancos a mantener abiertas oficinas bancarias es un ejemplo más de ataque contra la tecnología de corte tontamente ludita (aquellos que destrozaban los telares en los albores de la Revolución Industrial porque hacía desaparecer empleos). Estamos sometidos a un proceso de desintermediación muy saludable que afecta a sectores que jamás imaginaron que podrían verse afectados. Los bancos pueden desaparecer en el futuro por la irrupción de tecnologías disruptivas (“blockchain”) pero no permitamos que concejales ociosos, valga la redundancia, se anticipen al ciclo natural de la vida y de las empresas. Y ya que algo tienen que hacer para justificar su acta, quizás sí que podrían intentar mejorar los servicios que sí son su competencia para que los ciudadanos de esos lugares tengan mejor sanidad, algo de formación o acceso en condiciones mínimas de calidad a las nuevas tecnologías. Nos resultaría mucho más barato pero, sobre todo, sería mucho más eficiente.

 

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