Manifiesto

Francisco Pomares

Un centenar de mujeres, artistas e intelectuales francesas, publicó el martes en Le Monde un manifiesto denunciando los excesos del movimiento de reacción desatado por el caso Weinstein, que ha sacudido los cimientos del machismo y el abuso sexual en la industria del cine. El manifiesto, que reivindica el valor de la toma de conciencia en Hollywood, sostiene una dura crítica al clima de puritanismo y delación que se percibe en etiquetas como #MeToo o #balancetonporc ("denuncia a tu cerdo"), con las que se ha movilizado a través de las redes a la sociedad estadounidense.

Es obvio que el machismo condiciona los comportamientos sociales, y define un sistema de dominación que convierte el cuerpo y la belleza de las mujeres en un bien de uso e intercambio, con valor equiparable al de otros bienes. En el último siglo, la extensión de las ideas y conceptos que hoy se definen como propias del feminismo -entendido como la búsqueda de la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres- ha supuesto una extraordinaria aportación para la mejora de las condiciones de vida y para el reconocimiento del papel primordial de las mujeres. Como todas las ideologías, las de género también han arrastrado errores y excesos, pero en ningún caso esos errores y excesos deslegitiman o menoscaban el extraordinario resultado histórico del feminismo; sus logros en el reconocimiento de derechos políticos y ciudadanos, en la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo, en la revolución sexual y en el desarrollo de leyes que empoderan a la mujer, la hacen dueña de su cuerpo y de su sexo, y están transformando el mundo y haciéndolo un lugar más habitable y mejor para las mujeres.

El camino por la igualdad está lejos de haberse recorrido del todo: acabar con la violencia asesina, el abuso sexual y el control emocional son retos aún pendientes de lograr. La denuncia del encubrimiento social o particular de situaciones de abuso es un arma razonable y útil para avanzar en ese recorrido. Pero hay que evitar que el feminismo se contagie de los comportamientos de una sociedad cada día más rendida al teatro y la espectacularización. No se cambian las cosas solo con gestos, ni estableciendo cacerías de brujas o "causas generales", ni reinventando nuevas versiones del viejo puritanismo y el odio antes de clase, ahora de género.

Es difícil suscribir completamente los argumentos del manifiesto publicado el martes por las artistas e intelectuales francesas: su redacción beligerante y combativa, siguiendo en parte el modelo que define reste tipo de intervenciones periodísticas o literarias, resulta a veces chocante, agresivo, o innecesariamente polémico. Para muchos, el tono y las reivindicaciones libertarias que se plantean son quizá demasiado "francesas", en la tradición del ensayo panfletario y combativo. Pero las mujeres que se han decidido a firmarlo saben lo que hacen: una de los principales servicios que la inteligencia puede prestarle al debate público es nadar contra corriente, denunciar con contundencia lo que parece obvio, lo que el lenguaje de lo políticamente correcto y el peso omnímodo de la comunicación trivial e instantánea han convertido en dogma en nuestra democracia virtual?

Puestos a elegir, yo me quedo con las ideas volcadas sobre papel, antes que con los discursos y aplausos de las fiestas. Detesto que un asunto como este se banalice o sea pasto de guasaps, tuits, redes y televisiones, donde los sentimientos, las emociones o la imagen (la de esas bellísimas actrices que se enlutan colectivamente para denunciar los abusos, por ejemplo) suplantan a los argumentos complejos. Me horroriza que la denuncia, el descrédito y el linchamiento público del sospechoso -al que tan aficionados somos los seres humanos-, se disfracen de movilización ejemplar.

 

 

 

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