Movimientos

 

Francisco Pomares

 

Andan en el PSOE deshojando formalmente la margarita de esa censura que han presentado: Sánchez ha propuesto un Gobierno transitorio, presidido por él, cuya única función sería convocar elecciones, pero no dice cuándo se han de convocar. Supongo que eso escama lo suficiente a Ciudadanos como para que ya hayan anunciado que ellos no apoyarán la moción de censura, pero si están a favor de que se convoquen elecciones. Sin Ciudadanos, el PSOE necesitaría que la candidatura de Sánchez fuera apoyada por Podemos, los independentistas catalanes, el PNV y Compromís. Sería difícil para Sánchez explicar que se apoya en los partidos que piden la secesión, pero ya se sabe que hay gente dispuesta a vender su primogenitura por un plato de lentejas. Si Sánchez acepta a los secesionistas como animal de compañía, el voto del PNV será determinante. Y hasta ahora el PNV ha jugado siempre pensando en su propia portería: si los nacionalistas vascos apoyaron los presupuestos a pesar del 155, se hace raro pensar que vayan a apoyar ahora que Sánchez se convierta en presidente poniendo en riesgo lo que le sacaron a Rajoy. En cuanto a Ciudadanos, es de suponer que si no apoya la censura, querrá a cambio obligar al PP a que convoque elecciones, pero resulta que Rajoy no puede convocar elecciones estando sometido a una moción de censura. Una moción de censura que -si prospera- convertirá en presidente a un señor que no es diputado ni falta que hace, y que dice que será presidente solo para convocar elecciones, pero no dice cuándo. O sea: la política española comienza a parecerse peligrosamente a un esperpento. Parece contagiada por el síndrome catalán de la locura.

 

Pero hagamos un repaso: en realidad, aquí de lo que se trata es de que el PSOE y Podemos y los secesionistas creen que el señor Rajoy no puede seguir gobernando porque un tribunal considera que no estuvo muy creíble en la testifical del caso Gürtell, y que el PP no puede seguir gobernando porque con Aznar todos robaban antes de irse a celebrar sus bodorrios. No es que sean dos grandes novedades la de que Rajoy es un personaje poco creíble y la de que el PP acumula más sentencias condenatorias que un manual del buen inquisidor. Pero el nuestro -además de ser esperpéntico- es un país muy dado al aspaviento. ¿Ha hecho falta que trinquen a Zaplana para que nos demos cuenta de lo que estaba pasando? ¿Que condenen (civilmente) al PP para que nos descubramos que a la sombra de la gaviota se pusieron las botas? Pues no. Lo sabemos desde hace años, desde que empezaron a caer uno tras otro los grandes personajes del aznarato. Si el PP tuviera hoy mayoría absoluta, lo de Zaplana y las condenas de la Gürtell serían poco más que otras repugnantes anécdotas de aquellos tiempos en los que la corrupción y el despilfarro señalaban el camino de una crisis que se llevó por delante los ahorros y las ilusiones de los españoles. Aquí lo que ha cambiado es que ahora los partidos pueden liarla, y por eso -porque pueden- van a liarla.

 

 

 

En un país más sensato que el nuestro, el presidente del Gobierno dimitiría. Desde luego que lo haría. Su partido ha sido condenado, y los jueces no le dan credibilidad a su testimonio. Y entonces habría dos posibilidades: la de construir un nuevo Gobierno con nuevas mayorías (bastante difícil), o la de convocar elecciones.

 

Pero ocurre que el nuestro no es un país sensato, es un país donde los ministros roban, y los aspirantes se compran casas y luego piden permiso a los suyos. Antes de que ocurra lo que más tarde o más temprano va a ocurrir -que se convoquen nuevas elecciones- los partidos van a demostrarnos lo que ya sabemos.

 

Que si pueden liarla la lían. Han convertido el complicar las cosas en su especialidad.

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