Trabajar a reglamento

Francisco Pomares 

 

El otro día me paró un poli local de Santa Cruz después de cruzar la calle y me dijo que lo había hecho de manera incorrecta, sin mirar a la izquierda y la derecha antes de cruzar. Le dije que tenía razón, pero que la calle era de un solo sentido, y no tenía por qué mirar en ambas direcciones. Se lo dije con educación, pero con aplomo. No conduzco, soy peatón profesional, y nunca he desarrollado esa aversión a la poli local que caracteriza al conductor chicharrero. Al final, el agente me miró de arriba abajo y me dijo que tuviera más cuidado la próxima vez. Le contesté que procuraría no volver a cruzar una calle sin mirar a los dos lados hasta que resolvieran sus reivindicaciones laborales. No sé muy bien si lo que siguió fue una mirada torva o de complicidad divertida. Pero ya les digo que no soy experto en tratar con guindillas.

La cosa es que los sindicatos de la Policía Local -Asipal-CSL, CCOO, CSIF y UGT- han decidido plantarle cara al alcalde. Se oponen a la creación de una nueva unidad de policía municipal, con un horario distinto al del resto del cuerpo, que consideran "actuará como un caballo de Troya para modificar los horarios de trabajo". Eso y la recuperación de las retribuciones perdidas en 2009, y otros asuntos laborales, han provocado que los sindicatos se descuelguen con un plan de siete medidas, entre las que las más llamativas son las de no repostar sus vehículos, no salir más que en pareja (en aplicación del nivel 4 antiterrorista, vigente desde la masacre de Barcelona) y aplicar la huelga de celo, que ellos definen como "trabajar a reglamento".

Desde que los polis se pusieron en celo, la tarde del 30 de noviembre, los conductores chicharreros viven aterrados por lo que muchos consideran una persecución intolerable. Y lo es: la mayor parte de las multas que han caído en estos días prenavideños (la presión se va a extremar en Navidades y Carnavales) lo son por hacer cosas que la policía local toleraba hasta la huelga de celo: aparcamientos en segunda fila para dejar un paquete, pisar medio metro una línea amarilla, ocupar temporalmente un vado?, comportamientos incorrectos de conductores desesperados que tradicionalmente se habían resuelto aplicando el sentido común y atendiendo al daño efectivo causado. Ahora no, ahora la más mínima infracción detectada se denuncia. El problema no está en que se hagan cumplir las normas. Está en que se obligue a cumplirlas sólo cuando al guardia le parece, porque eso crea una inseguridad de padre y muy señor mío. Lo mejor del asunto es que la mayor parte de las multas con las que tan generosamente se obsequia a los conductores (y a los peatones que no miran en todas direcciones) no podrán ser gestionadas por el ayuntamiento en tiempo y forma: muchas de ellas decaerán, y con ellas también se perderán otras que sí responden a infracciones tradicionalmente perseguidas y de mayor gravedad.

La huelga de celo es en este caso un sistema perverso: no perjudica al patrón -el alcalde-, sino a los vecinos. Y se realiza en un momento de especial tensión y ocupación del espacio público. Es además un sistema de huelga no declarada, que escapa a los procedimientos reguladores del conflicto colectivo en los servicios públicos. Crea malestar, más desafección de los ciudadanos con su policía y enfada muchísimo a la gente. Los sindicatos deberían reconsiderar la medida y volver a aplicar el sentido común. Si lo que quieren es presionar al alcalde y a la concejala, que les pongan las multas a ellos.

 

 

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