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El futuro de la extrema derecha española

 

Con los resultados del domingo, la izquierda no tiene opción ninguna de gobernar en Castilla-León. Ninguna. Ni siquiera en la hipótesis de que todos los partidos provinciales se apunten al bloque de izquierdas, cosa que no va a ocurrir, fundamentalmente porque el que ocurriera no serviría de nada. ¿Qué va a suceder? Depende de lo que se resista Vox a que lo dejen fuera del Gobierno. Si no se achantan, entrarán en el Gobierno. Pero también podría ocurrir que quien no se achante sea el PP: Casado ha dicho que con Vox no va a pactar, aunque ese tipo de declaraciones duran lo que duran, recuerden las de Sánchez sobre Pablo Iglesias, Podemos o el independentismo. Agua de borrajas.

 

Habrá que esperar unas semanas para ver cómo se decantan las cosas. De momento, los resultados apuntan que las elecciones castellano-leonesas romperán el tabú de gobiernos de derecha y extrema derecha, como Sánchez reventó el de Gobiernos del PSOE en coalición con la izquierda comunista y con apoyo independentista.

 

El hecho es que la política de bloques se acabará nivelando en España cuando Vox asuma responsabilidades de Gobierno. En sociedades tan polarizadas como las europeas es difícil sostener la alternancia si sólo resulta aceptable que la izquierda se ponga de acuerdo para poder gobernar. Y eso tiende a hacer crecer al que no gobierna, Vox, en este caso. Tiene además cierta lógica que sea en una de las regiones con más peso conservador donde se geste la voladura del ‘cordón sanitario’ que la izquierda dice que existe en Europa para frenar a la ultraderecha. En realidad, ese cordón existe sólo donde no es imprescindible saltárselo. Existe en Francia, por ejemplo, donde hoy compiten por la mayoría dos partidos de derechas, la ultraderecha de la señora Le Pen y la derecha moderada de Macrón. En Francia, como en España, fue la izquierda desde el poder la que alimentó el crecimiento del Frente Nacional, para fraccionar a la derecha. Y resultó un desastre: condujo al destrozo del PSF, y a la desaparición del PCF, el gran partido de la izquierda, al surgimiento de una izquierda radicalizada, melenchonista y –sobre todo- convirtió a la ultraderecha en la segunda fuerza política francesa (y en elecciones locales, en la primera). Que el Rassemblement heredero del lepenismo no gobierne Francia es hoy casi un milagro. La ultraderecha gobierna en diferentes formatos y coaliciones con la derecha en cinco países europeos y está presente en 22 parlamentos. En la mayor parte de los lugares donde gobierna ha suavizado sus pretensiones, como también ha ocurrido con la izquierda radical, capaz –por ejemplo- de celebrar como un éxito la aprobación de una reforma laboral que no tiene nada que ver con la derogación que prometieron.

 

¿Qué es la extrema derecha española hoy? ¿Qué es ese conglomerado de pulsiones que representa Vox? Calificarlos de fascistas o neonazis es un burdo exceso. Son ultraconservadores, pero no defienden la creación de un estado corporativo sino un refuerzo conservador del modelo constitucional: strictu sensu, lo que más les define son sus rechazos: rechazo a la inmigración, a la política de género, a la construcción europea (más euroescépticos que eurófobos) y rechazo al poder autonómico, especialmente en Cataluña y País Vasco, porque son básicamente nacionalistas españoles. Y partidarios de la ley y el orden desde una interpretación estricta de lo que son la ley y el orden, defensores de la familia y la educación tradicional. En casi todo lo demás no se diferencian mucho de las posiciones del PP, quizá porque una parte de sus principales dirigentes se formaron en el PP​. Su identificación con el franquismo no es fruto de vínculos con el franquismo -como si lo fue en la ultraderecha de la Transición, que acabó refugiada y rendida en Alianza Popular-, sino que se produce por oposición al discurso antifranquista de la izquierda y a la obsesión simbólica que acompaña a los partidos extremistas.

 

¿Hay fascistas en Vox?  Sí, claro que los hay, como en otros partidos, incluso de izquierdas. Pero Vox no es un partido fascista, sino autoritario. La cuestión es si ese autoritarismo aflojará o no cuando les toque gestionar poder. Me temo que vamos empezar a saberlo pronto.   

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