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Panegírico debido y con retraso

 

  • Redacción NoticiasFuerteventura
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    Ha pasado ya una década desde la muerte de Adán Martín. Ocurrió siendo él un hombre aún joven, una madrugada de octubre en un hospital de Barcelona, después de doce años de pelearse con un cáncer que acabó por vencerle. Había sido presidente del Gobierno de Canarias entre 2003 y 2007, y antes vicepresidente con Román Rodríguez, y antes presidente del Cabildo de Tenerife durante doce años, diputado al Congreso y concejal de Santa Cruz durante dos mandatos. Con Jerónimo Saavedra, y por motivos bien distintos, fue uno de los políticos que más ha influido en el desarrollo social y económico de Tenerife y de Canarias. Un político bastante inusual: el poder le interesaba mucho menos que la posibilidad de hacer las cosas que quería hacer. Eligió siempre la gestión antes que la política, que dejó en manos de otros.

     

    Era un hombre más preocupado por las ideas, la creatividad y la excelencia que por mandar. Pensaba y repensaba las cosas, incluso hasta llegar tarde a las soluciones. A cambio, no recuerdo ni un solo error suyo en la identificación y planificación de los grandes retos del futuro. Fue el primero de su generación en entender que había que recuperar las ciudades degradadas de las islas para poder vivir mejor en ellas, cambió Santa Cruz de Tenerife con su Plan Especial de Reforma Interior, del que aún –cuarenta años después- se alimentan algunos de los aciertos del urbanismo chicharrero. Convirtió el Cabildo de Tenerife en una maquinaria eficiente e ilusionada, modernizó la isla, intervino directamente en la creación de organismos y empresas insulares y articuló alrededor suyo un equipo humano de jóvenes técnicos, gente creativa, sensata, apasionada y a veces hasta luminosa, que se dejaban la piel con él en interminables reuniones para pelear proyectos o soñar una obra pública diferente. Le acompañaron siempre a lo largo de toda su aventura política, con muy escasas deserciones. Porque tenía Adán Martín una extraña habilidad para concitar lealtades y alcanzar compromisos, hasta con sus adversarios políticos, incluso con los más belicosos y recalcitrantes. Cuanto le tocó dejar de ocuparse de Tenerife para hacerse cargo de Canarias, se cambió de zapatos y dedicó su tiempo a repensar una a una todas las islas, por separado y juntas, canalizar el desarrollo, salvar La Palma del suicidio demográfico, frenar el urbanismo desbordado en las cuatro grandes, articular las comunicaciones entre interiores en Canarias y de Canarias con el mundo y mejorar –desde un nacionalismo que siempre entendió como un proyecto instrumental- las relaciones con la administración del Estado. En su etapa al frente del Gobierno, la región creció económicamente como jamás en su historia y se redujo como nunca antes la brecha de la desigualdad. Jamás presumió de ese éxito, no lo consideró suyo, sino fruto de la suerte de vivir un tiempo mejor y haber acertado con alguna de sus recetas.

     

     

    Nunca fue un orador, jamás sucumbió a la tentación de la demagogia, siempre prefirió convencer a ganar. Por eso, y por su capacidad para pensar a largo plazo, amar lo que hacía y creer en los resultados prácticos de trabajar integrando ideas y políticas distintas, recursos y personas diversas, fue probablemente, el político más completo que ha gobernado desde la Transición las islas. Y murió prácticamente arruinado. Porque era, además de un hombre con Canarias en la cabeza, un tipo decente. Algo más bien raro.