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Una nación ingobernable

 

  • Redacción NoticiasFuerteventura
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    Después de cuatro elecciones generales en cuatro años, visto lo visto, va siendo hora de reconocer que la situación política actual es de completa ingobernabilidad. Por muchas vueltas que se le dé al tablero, por mucho que se analicen opciones y posibilidades, la irrupción de la nueva política que algunos saludaron como la panacea democrática que resolvería los defectos del sistema nos ha traído -con la ayuda del radicalismo independentista- un desastre sin solución. Los partidos han perdido la capacidad de entenderse: tras convertirse en maquinarias dedicadas a la selección de personal político, más tarde en sindicatos de cargos electos y finalmente en grupos humanos que compiten exclusivamente por la ocupación de las instituciones y -visto lo visto- en el ordeñe de sus recursos, los partidos han perdido la voluntad de representación y el empuje transformador que caracterizó su empeño durante los primeros años de Democracia española.

     

    Hoy el objetivo principal de los partidos no es el cambio o las reformas, o la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, o la implantación de la democracia proletaria, la jornada de las 35 horas o la recuperación de los valores tradicionales. Ahora todo el afán de los partidos consiste en encumbrar a sus dirigentes, colocar a sus afiliados principales y reducir a los otros partidos a cenizas e ignominia.

     

    En ese contexto, conviene recordar, por si se ha olvidado, que gobernar debiera ser arriesgarse a romper con lo que nos enfrenta, regenerar la confianza, construir nuevas ententes, un consenso político y social de mayorías. Pero los partidos no están en eso: Sánchez ha elegido cerrar un acuerdo con su personal pesadilla nocturna -Pablo Iglesias- que no llegará a ningún lado sin recomponer la mayoría contra natura que le hizo presidente en la moción de censura contra Rajoy.

      

    Las preguntas son evidentes, aunque se nos oculte que las respuestas son igual de obvias? ¿Puede Sánchez entregar la capacidad de sostener la acción de su gobierno a un partido que persigue la secesión de Cataluña y cuyo principal dirigente está en prisión, condenado a 13 años por el delito de sedición? Claro que puede. De hecho es la única salida que tiene, vista la negativa del PP y Ciudadanos a comprometerse con soluciones de gobierno. Una irresponsabilidad que responde también a la del propio Sánchez, que convocó elecciones para estar más cómodo, fiándose de sus propios creadores de mentiras.

     

     

    Ahora el Gobierno del país, sus políticas, sus presupuestos, sus principales decisiones, dependerán de ERC y de sus problemas de marketing, ante unas elecciones catalanas inevitables? ¿Cómo pactará ERC con el PSOE sin sufrir el castigo de los electores catalanes más radicalizados? La única opción de Junqueras y los suyos para no ser barridos por la marea de ese radicalismo violento que le pide cuentas a Rufián es exigirle al PSOE un inasumible compromiso con el procés. ¿Lo harán? Sí, lo harán. ¿Aceptará Sánchez? Sí, sólo falta fijar la intensidad de la claudicación para que se pongan de acuerdo. ¿Y cuánto y cómo podrá gobernar Sánchez en esas condiciones? Podrá gobernar poco y por poco tiempo.